martes, 21 de febrero de 2012

Decime Google

"El que avisa, no traiciona". Estoy pesadamente filosófico. Bienvenidos a la mente de un filósofo.

Soy de la primera camada que egresó del secundario con esa modalidad que a los argentinos nos duró unos años, importada de España (donde también había fracasado), a la que le pusimos Polimodal.

Para el Polimodal, ya a los quince años podías elegir una especificación general sobre la cual quisieras enfocar los últimos tres años del secundario. En el colegio había tres posibilidades de especificación: en ciencias económicas, en ciencias exactas o en ciencias humanas.

Quizás sea un accidente estadístico, quizás no. Pero repasando las caras de la foto de todos los compañeros con quienes compartí los últimos tres años de Polimodal, veo la diversidad, enorme, de elecciones de vida/profesiones/caminos/viajes/etc. de todos los que elegimos estar "en C", en Humanas.

Y muchos caminos quiere decir muchas búsquedas. Parece que todos estábamos buscando algo. Evidentemente, buscando algo distinto: un camino particular. Respondiendo a una vocación específica, única, personal. Después de todo "vocación" viene de vocare, que en latín significa llamado. Y los llamados pueden ser colectivos o particulares, pero es siempre uno el que decide responder o no a eso, personalmente, desde sí mismo. Pero, más allá de la diversidad y de las diferencias, desde profesionales hasta axiológicas, ¿buscamos realmente cosas distintas? ¿qué estamos buscando?

Creo que la única forma de "ser en el mundo", es la de buscar. Incansablemente, respondiendo a ese deseo interior por saber, por vivir, por ser. (Yo avisé que estaba muy filosófico...). Que no quiere decir que considere que hay cosas que son de una determinada manera y no de otra. Simplemente, describo un estado interior frente al mundo. El mundo no me alcanza.

Personalmente, nada me satisfizo de manera definitiva, nunca. Incluso aquellas verdades que considero inamovibles. Necesito más. No me colman, no me aquietan, no me alcanzan. Vale preguntarme, a mí mismo, entonces, ¿sos feliz? Y sobre todo, ¿qué es la felicidad? Quizás tenga que ver con la quietud del alma y con estar en paz. Contemplando, extasiado, lo perfecto. Estar quieto es no buscar, es estar bien en dónde estás. Entonces, aunque suene horrible, yo no soy feliz, no del todo. No absolutamente. Y creo que nunca lo voy a ser. Voy a un clásico, a un cráneo enorme, Aristóteles en la Ética, que escribió para su hijo: "la felicidad es ciertamente una cosa definitiva, perfecta y que se basta a sí misma, puesto que es el fin de todos los actos posibles del hombre". Me hago cargo, no siento esto. "Dirijo mi vida hacia", que no es lo mismo que "estar". Que no quiere decir que no esté contento, razonablemente satisfecho, muchas veces tranquilo. Es otra cosa que está picando ahí, más adentro.

Me vuelven esos recuerdos del Camino de Santiago, del peregrinar, del sentirme la imagen viva de una vida que camina, que busca, que no encuentra por más que avanza, que sigue, que sufre, que se alegra, que celebra, que llora, que extraña, que pierde compañeros, que encuentra nuevos, que se cuestiona todo, varias veces.

Y alguno quizás, ya escandalizado, se pregunte por Dios. San Agustín, otro gigante, lo decía así: "Nos has hecho Señor, para Tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí". Pero mi conocimiento de Dios y mi encuentro personal con Él también están atados a mi propia finitud, a la limitación de mi capacidad cognitiva y afectiva. Lo conozco y quiero desde mi humanidad, falible, chiquita e incapaz de conocer lo inasible. En otras palabras, por eso soy tan religioso, porque mi búsqueda nunca se agota, necesito más. Tal como si quisiera escudriñar cada rincón de un galpón enorme con la sola luz de un fósforo. El misterio es demasiado grande como para que pueda entenderlo, jamás. Y como esa visión que me da el fósforo, particular y concreta, no me alcanza, sigo buscando esa quietud, esa paz, eso que decidí llamar felicidad. Por lo que dice San Agustín, quizás no lo encuentre de este lado y tenga que esperar, porque el encuentro verdadero se da después del gran salto. Definitivamente, habrá que esperar. Y seguir. Buscando. Siempre.

Lo bueno, me parece, es que no estoy solo. A Bono le pasa lo mismo. Chupate esa mandarina. Aunque creo que somos muchos, muchos más que dos...



domingo, 23 de octubre de 2011

La mirada de los otros

Hace mucho que no escribía. Es que para escribir, dicen los que saben, hacen falta dos cosas: inspiración y tiempo. Lamentablemente, durante las últimas semanas, cuando anduve inspirado estaba apurado, y cuando tuve tiempo se lo regalé a menesteres menos elevados y más cercanos a necesidades primarias, como dormir y comer. Pero hay veces en las que una experiencia desborda creatividad y entusiasmo; cuando la vida no se da el lujo de quedarse callada, ante nada. No te pregunta, te exige escribir. Te lo ordena. Ante eso, me descubro esclavo, obediente y leal, atento a cumplir responsablemente con las indicaciones interiores del vital y malcriado tirano que me exige que empiece. Acá estamos.

Quiero contar algo. Algo que me pasó y sobre lo cual pensé. Hace un par de semanas quise hacer una prueba. Un poco extraña quizás, pero de esas cosas que de vez en cuando vale la pena hacer para aprender a mirar como miran otros. Una de esas pruebas que a veces hago para pensar, para sentir empatía, para entender. Eran las 19.30 de un jueves, estaba en la puerta del Ministerio. Caminé unos metros, me senté en la calle y me saqué los zapatos. "No puedo caminar con medias, las voy a agujerear todas". Me las saqué también. Ahí estaba, sobre Paseo Colón, elegantemente vestido y... descalzo.

Trabajo en un edificio que queda sobre la Avenida Paseo Colón al 200. Desde la puerta del trabajo hasta la estación "Catedral", cabecera de la línea D del subte (en el resto del mundo le dicen "Metro"), hay, aproximadamente, entre 550 y 600 pasos (suena raro, sí, pero alguna vez los conté). Todo gran camino empieza por el primer paso, así que empecé a caminar. (Re-descubrí una verdad olvidada: no hace falta irse muy lejos para poder tener experiencias inquisidoras y renovadoras que, simultáneamente, te golpean y plantan frente al asombro y la duda. Y aparece ella, ¡qué linda es! La Filosofía... Como a una novia, la miro, sonrío admirado, casi que se me pianta un lagrimón mientras me digo para adentro: "cómo te quiero, hija de puta". Es que sí, es lindísima y además tenemos unas charlas geniales. Pero bueno, en fin, volvamos a Paseo Colón).

El piso estaba muy sucio. Muy. Es que sobre esas veredas pasan muchísimas personas todos los días. Gente con una y mil historias, viejos, jóvenes, pobres y ricos. No hay distinción ni discriminación. Paseo Colón es una calle inclusiva: podés ver o encontrarte con cualquiera. A las siete de la tarde ya no había tanta gente, aunque el caudal sigue siendo importante. Muchas personas hacen colas esperando a los colectivos que los devuelvan para sus casas, en el Sur de la Ciudad o en el Gran Buenos Aires. Hay puestos de diarios, vendedores ambulantes, políticos, docentes, cartoneros, bancarios, estudiantes, empleados de oficina, todos mezclados, además, claro, de los animales (principalmente perros y palomas, aunque alguna rata he visto). Empiezo caminando con cautela, con miedo. Cortarse un pie por caminar descalzo, volviendo del trabajo, podría catalogarse como la manera más boluda de lastimarse del año. El suelo no está tan frío como yo pensaba. Mientras siento como se pegan algunas partículas de polvo a mis plantas, empiezo a sentir, mucho más densamente, la mirada de los otros. La gente me mira. No como se mira a una personalidad famosa, no como se mira a un viejo conocido, ni como se mira a alguna chica linda por la calle. Es otra mirada. No es admiración, ni siquiera empatía. Tampoco es miedo. Los entiendo, si yo viera a un pibe desclazo por pleno centro pensaría que es un loco o un estúpido (mi nivel de tolerancia los días de semana es un poco más bajo que cuando duermo mejor). Sigo caminando, sigo descalzo. Cruzo Alsina y ya voy 50 metros de aventura. Mis plantas se ennegrecen rapidísimo. Es impresionante que no nos saquemos los zapatos al entrar a nuestras casas, después de pisar esa mierda todo el día. Simplemente, no lo puedo entender. Me arremango un poco los pantalones para no pisarlos y me siento cada vez más ridículo y fuera de lugar. "¿Qué estás haciendo?" me pregunto.

Casi llego a la Casa Rosada cuando me acuerdo de Sartre y esa definición que da en "A puerta cerrada": "El infierno es el Otro (o "son los otros", según la traducción y el sentido que se le quiera dar)". El infierno son los otros. No lo entiendo, lo siento. Los otros, que deberían estar para salvarme, para ayudarme, para incluirme. Si estuviera sólo, podría caminar mis 600 pasos en paz. Tranquilo. Sin sentirme juzgado. Sin que nadie me mire. Si fueran las tres de la mañana o si un extraño virus los convirtiera a todos en zombies, como en esas películas del norte, estaría total y absolutamente sólo y no me sentiría así. Caminando descalzo, por Plaza de Mayo, entendí un poquito de lo más triste del existencialismo francés: hay veces en las que los demás pueden ser el infierno para algunos.

¿Para quiénes? Para los diferentes. De repente fui ciego, de repente fui lisiado, deforme, paralítico, feo, torpe, raro, discapacitado, viejo, rengo, loco, histérico, bipolar, con TGD, demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado algo. Diferente. Entendí esa mirada y me reconocí. Me reflejé y me vi cuando miro a ese señor de maestranza del Ministerio que tiene una deformidad facial. Me vi a mí mismo en esas miradas. Me reflejé cuando prejuzgo a esa gorda o cuando miro de más a ese tipo, que quizás tuvo un ataque de presión o un ACV y cuya cara quedo parcialmente paralizada. No lo hago con mala intención, miro. Pero ahora entiendo cuánto duele mi mirada. Sigo caminando. La Plaza de Mayo se me hace más larga que el Camino de Santiago. Me siento tentado y me digo: "bueno, muy interesante, para pensar, ahora nos sentamos (a veces me hablo en plural; psicólogos, Uds. dirán), zapatos de nuevo y a casa". Pero no. Hasta Catedral. Dale.

Cruzo toda la Plaza. Sigue estando escindida por un vallado sin sentido. Le doy la vuelta y camino, a paso lento. Incómodo porque me pinché con algo y porque me sigo sintiendo observado. Al llegar al semáforo espero que cambie la luz. Una chica me miraba los pies, me autojustifiqué, mintiendo: "es que se me rompió un zapato". Sonrió y murmuró algo así como "qué garrón". Ahí entendí la segunda lección importante. Cuando ella sintió que podía ser como yo, que sus zapatos no son irrompibles y que quizás, algún día, ella misma esté cruzando Bolivar hacia la estación Catedral, descalza, sonrió. Entendió. Mi relato tenía sentido. Ya no era tan lejano. Yo puedo ser vos y vos podes ser yo. Empatía.

Volví a los ciegos, a los lisiados, discapacitados y distintos, al tipo con la deformidad facial y a mi mirada. Volví y entendí. Yo puedo ser ellos aunque muchos de ellos no puedan ser yo. Sentí una profunda empatía. Yo soy ellos y ellos son yo. No somos diferentes. El Verbo se hizo carne. El discurso políticamente correcto que siempre sostengo sobre inclusión, se hizo carne. Se hizo inolvidable. Se hizo necesidad. Se hizo mío, me hizo suyo.

Bajé las escaleras de la estación y me subí al vagón del subte. Me senté. Tenía los pies negros. Muy negros. Sonreí mientras me ponía las medias. La gente, obviamente y con toda razón, me miraba. Me puse los zapatos. En la segunda parada, estación "Tribunales", me bajé. Era uno más. Me senté a esperar el próximo subte mientras lloraba. Era uno más. Cuando me volví a subir al vagón del siguiente subte, nadie me miró. Agarré mi teléfono, leí mis mails. Era uno más, sí, pero me sentía diferente.

Les recomiendo esta experiencia. Sinceramente, vale la pena. ¡Un abrazo!


domingo, 7 de agosto de 2011

¿A quién voy a votar?

(Es una entrada cien por ciento discutible. No soy un maniqueo político y no me parece que de un lado estén los buenos y probos y del otro haya gente desdeñable y horrible. Creo que en política hay muchos grises y no porque sea un Borocotó cualquiera, sino porque hay que saber escuchar, mirar la realidad -la única verdad según Aristóteles y según el General- y, si hace falta, saber, con mucha humildad, cambiar de opinión cuando los hechos demuestran algo)

Últimamente tengo un deja vú político, no pasan más de quince o veinte minutos en los que estoy hablando con alguien cuando viene la pregunta inevitable: "¿a quién vas a votar? ¿por qué?". Se me pasan mil ideas por la cabeza y se inicia un diálogo que tiene mucho de lo que viene a continuación.

Es que se acerca el domingo 14 y se vienen las primarias. La verdad es que si bien hay algunos videos e información dando vueltas, nadie sabe del todo bien qué es lo que se vota y ni porqué se vota el domingo que viene. Simplemente sabemos que hay que votar, aunque poca influencia (eso creen muchos) tengan estas elecciones en las de Octubre.

La cuestión es que, casi como quien no lo quiere, se nos presentan una multitud de opciones, tanto a nivel presidencial, como legislativo, provincial y municipal. ¿A quién votar? En democracia, esa es la cuestión... Me parece muy rico poder dar una respuesta fundamentada a esas preguntas, acá va mi intento:

Voy a enumerar una serie de razones por las que, de entre todas las opciones, la posibilidad de votar a Duhalde para Presidente me parece la "menos mala".

Empecemos por aclarar que si estuviéramos en el 2015 y las opciones para "presidenciables" fueran Macri, Urtubey, Massa o Scioli, Duhalde sería mi última opción. Lamentablemente, estamos en el 2011. Mis opciones se debaten entre Cristina, Binner, el hijo de Alfonsín, Rodríguez Saá, Carrió y algún que otro último candidato que en este momento no recuerdo. A pesar de que los políticos estén muy devaluados, los candidatos que tenemos no son tan malas opciones. Hay gente de principios rectos y coherencia de vida, como Carrió y Binner; buenos administradores, como el mismo Binner y Rodríguez Saá; representantes de partidos históricos, como el hijo de Alfonsín y Duhalde. Hay candidatos con suficiente aparato como para poder presentar una buena elección y, si se diera el caso, gobernar en orden, como Cristina y, otra vez, Duhalde. En fin, según cómo se lo mire, todos tienen algo bueno que rescatar. Tenemos que encontrar las cosas buenas de cada uno, sino, corremos el riesgo de hacer una crítica meramente ideológica, incapaz de ver las luces y sombras de cada uno. Al fin y al cabo, primero hay que informarse, conocer a los candidatos, su procedencia, sus logros de gestión, sus chanchullos y después, a conciencia, elegir lo que uno crea que sea mejor para nuestro querido (no más "amado") país.

Me gusta la Asignación Universal por Hijo (no como se implementó, pero sí como proyecto), me gusta el Plan Conectando Igualdad, me gusta el apoyo al mundo artístico mediante leyes que protegen al actor y soy fanático del apoyo al mundo científico y de la vuelta al país de cientos de intelectuales y hombres de ciencia. El nuevo predio del Conicet en bodegas Giol me ilusiona... Sin embargo, no votaría a Cristina. Nunca. Ocho años de "modelo" a una tasa de crecimiento infernal a pesar -no a causa- del matrimonio gobernante, no trajeron su correlato en infraestructura, en mejora de las condiciones laborales, descenso de la pobreza, de la tasa de empleo informal, mejora en calidad educativa (más bien lo contrario), industrialización, real redistribución de la riqueza y un larguísimo etcétera, sino más bien un país que depende de un consumo exorbitantemente artificial, sin posibilidad de créditos blandos y que se lleva puesto algún activo importante de la población cuando le hace falta caja, como las jubilaciones, que después pagaron las obras de las Madres... Ni siquiera es un país que se "conoce a sí mismo" porque se miente a sí mismo mediante un INDEC intervenido. Subsidios mal distribuidos son otro ejemplo de una "política económica" que tiene poco de los segundo y mucho del primer término (en este país los pobres pagan el gas 10 veces más caro que los ricos y todos pagamos el transporte por igual; la Asignación Universal por Hijo no salió con las medidas que imposibilitaban la opción de usarla clientelarmente como propuso la Coalición Cívica sino que se usa para mantener la pobreza funcional al gobierno: la mayoría de los chicos que se habían re-insertado al mundo escolar ya no van más. Es lógico, los padres se dieron cuenta de que si no van, no pasa nada). Ni que hablar de los presos políticos, del desorden, de los 14 muertos por represión en protestas callejeras, de los altísimos índices de corrupción, de la crispación constante, del gobierno por decreto, de la parálisis del poder judicial, del mal uso de los medios de comunicación oficial y de tantas otras cosas que no me agradan mucho de este gobierno.

Me queda la oposición... ¿A cuál elegir?

Rodríguez Saá es funcional al gobierno kirchnerista. Por eso se presento en las listas internas del peronismo para pelearle el puesto a Duhalde y por eso recibió el apoyo masivo de los kirchneristas del PJ. Su familia gobernó por tres decadas una provincia bien organizada y con una tasa de desempleo envidiable hasta para el primer mundo. Su política con los pueblos originarios me pareció acertada y pacificadora. Sin embargo, detrás de las rutas doble mano que recorren la provincia, se esconde la tasa porcentual de trabajadores del Estado más alta del país. O sea que los que no están desocupados, no lo están porque trabajan para el Estado. No me quiero imaginar las consecuencias de extrapolar una política tan irresponsable al total del país: el actual gasto público (ya insostenible) se tornaría aplastante. Supongo que la maniobra política detrás de la candidatura de este provinciano no debe ser más que un buen arreglo con el oficialismo, a cambio de que baje las posibilidades que el otro gran actor peronista acceda al ballotage. En otras palabras, que Rodríguez Saá -que sabe que no va a ganar- le coma la mayor cantidad de votos a Duhalde termina beneficiando a Cristina en Octubre. Quien lo vota, inevitablemente, termina siendo funcional al oficialismo.

Binner es un socialista por definición: tiene las virtudes del peronismo pero no roba. Aunque los peronistas no lo entiendan, realmente cree en lo que dice y vive de acuerdo a eso. Trabajó por las instituciones y gobernó bien la provincia de Santa Fe. Sería un gran candidato pero no lo conoce nadie y no tiene proyección nacional. En la coyuntura actual, no me animo a pronosticarle más del 5%. En su propia provincia su candidato a duras penas le ganó a un humorista, nobel en política, por tres puntos y medio. Además, (y este es, definitivamente, un "contra" muy grande desde mi propia cosmovisión) promociona el aborto a pesar de ser médico. Por lo que no podría votarlo ni darle mi apoyo, jamás. Me cortaría una mano antes de ser el involuntario propulsor de ningún tipo de genocidio.

Carrió no hizo una mala elección en el 2009 cuando hubo que renovar legisladores en diferentes niveles. Es una mujer capaz y formada. Sin embargo, no propone mucho y nada le viene bien. Incluso sus legisladores suelen imitar su estilo confrontativo y poco constructivo: muy útil como oposición controladora, pero muy poco práctico como partido gobernante. No me imagino un gobierno de la Coalición Cívica en el poder por mucho tiempo. Sin ánimo destituyente, los idealistas a las ideas, los políticos a los gobiernos. Nada más. Un poco de realismo no le hace mal a nadie. Me parece un espacio político que suma mucho en el lugar donde está: la oposición.

Me quedan el hijo de Alfonsín y Duhalde. Qué dúo. Hablamos del Duhalde que, como bien me señalaron mis amigos Foca y Fede Thompson, no tiene el más mínimo respeto por las instituciones ni la democracia: se llevó puesto un presidente en el 2001 mediante los saqueos. Por otro lado, el hijo de Alfonsín tiene tanta experiencia política como yo manejando portaaviones: creo que no termina de entender a qué se está postulando ni lo que eso implica. Su mayor mérito, a mi modo de ver, es ser "hijo de". Y quizás por la educación familiar o vaya a saber uno porqué, ser "hijo de" no me parece un logro que caiga sobre el esfuerzo y el mérito personales, sino que es casi un título nobiliario. Me suena tan mal. Ser "hijo de" es medio insulto, qué mal empezamos...

El partido radical ya de por sí, por principio, no me gusta. Me siento más peroncho, más amigo de la Justicia social, de la Doctrina Social de la Iglesia, de los movimientos de masas, de la redistribución. Llámenme bruto, pero ese radicalismo con olorcito laicista no me gusta. ¿Qué hicieron los radicales por el país? A mi modo de ver: mucho más los de principios del siglo pasado que los de finales. Si estuviera Yrigoyen dando vueltas, lo pensaría... Alfonsín (padre) fue muy importante a su manera, pero de las cosas que le agradezco, la principal es haberse puesto firme respecto a la definición de persona desde la concepción. Ahora, una cosa es el padre... ¿Y el hijo? Ese es con quien Néstor soñaba llegar a un ballotage. Yo no lo quiero en el ballotage. No lo veo capaz de gobernar y sería trágico que ese modelo insostenible le explote a otro radical que nos traiga diez años más de kirchnerismo. No, gracias.

Entonces... ¿Duhalde? No me gusta nada. Pero lo veo capaz de gobernar. Tiene aparato para presentar una buena campaña y, por tanto, una buena elección. Tiene una muy mala imagen que lo complica para el ballotage, pero si la elección se polariza mucho, quizás...

No es un santo de mi devoción, pero entre un peronismo kirchnerista y uno duhaldista, me quedo con la segunda opción. Una de mis premisas es que son los dos únicos sistemas capaces de gobernar y de mantener el orden. Ambos son verticalistas, personalistas y corruptos. Sin embargo, dudo que 8 años de duhaldismo con crecimiento del 8% en promedio permitieran que hubiera gente, en un país de 40 millones, que siembra y cosecha alimentos para la mitad del mundo, se muriera de hambre. Sinceramente, qué modelo de mierda el de Néstor y Cristina. Corruptos, demagógicos y, además -pecado radical-, ineficientes.

De todos los candidatos para Octubre, sinceramente creo que el mejor para nuestro país, hoy, es Duhalde. Y no soy duhaldista. Sin aprobar su gestión en la Provincia (ni reprobarla) ni tomarlo como un referente moral, me parece que es el único que reúne las características para poder gobernar. Cuando las papas quemaban en el 2001, después de tres presidentes que duraron una semana, agarró la batuta y no dejó el infierno del que Néstor se quejaba, sino un país sin déficit fiscal, devaluado y con corralito: todas muy impopulares pero necesarias condiciones para gobernar. Cuando hizo falta coraje, se puso la camiseta y dio la cara. No es poco. Tomó un país al borde de la guerra interna y dejó un país, anticipadamente y por la muerte de los piqueteros en Avellaneda, gobernable y posible. No lo defiendo como administrador, en los ´90 dejó un PAMI con agujeros por todos lados que gente con marcada vocación renovadora, como Graciela Ocaña, tuvo que limpiar no sin fuertes resistencias. Sin embargo, no hizo una gestión mala en provincia de Buenos Aires, cuando la provincia fue beneficiada con fuertes fondos de coparticipación y se destacó por la construcción y la obra pública.

Además de estas cosas, creo que no va a llevar más adelante la política vengativa y revanchista de la historia.

¿Es el mejor candidato? No lo creo. Antes votaría a Urtubey, a Massa o a Macri. Pero ellos no se presentan y tengo que elegir... Tengo que elegir, a conciencia, lo que crea mejor para mi país y para las 40 millones de personas que viven en él. Acá mis motivos.


Lo miro de nuevo y con un sano respeto democrático y republicano, le pregunto: "¿Y vos? ¿A quién votás? ¿Por qué?" 

miércoles, 13 de julio de 2011

¿En qué mitad estás?

Le escribo a los argentinos. A los porteños, a la mitad que votó a Macri y le da asco a Fito; a la otra mitad también. Le escribo a los tucumanos, a los salteños, a los santafesinos, a los chubutenses y a los fueguinos. A todos y a todas. ¿Por qué sólo a los argentinos? Le escribo también a los hermanos latinoamericanos que viven y que habitan en nuestro suelo: a los que tienen documentos y a los que no. A los villeros, a los ricos, a los honestos y a los chorros. A los que imitan a los Wachiturros y a los que prefieren escuchar a los Redondos o a muchos otros grandes artistas del rock nacional (lamentablemente no puedo mencionar a Fito porque muchos porteños ya no lo quieren escuchar). A los gays, a los machos, a los abortistas y a los que luchamos por la vida. A los que le ponen chimichurri al chori y a los que no. A los que les gustan las aceitunas y a los que las odian. A los amantes del TC y a los que prefieren el handball o el volley. No quiero dejar a nadie afuera. A los que mandan fotos a 678 y a los que escuchan a Ari Paluch. A los que votaron a Mauricio y a los que votaron a Pino. Obvio que a quienes votaron a Daniel, y a toda la tropa que salió detrás de ellos, también.

Le quiero escribir a todos para que sepan que:

Primero, siempre podemos disentir y no hay nada de malo en eso. De eso se trata la democracia.

Segundo, podemos no estar de acuerdo con muchas conductas, modos de ver la realidad, ideas políticas, gustos musicales, visiones históricas, estrategias para que Messi rinda al máximo en la selección, posiciones epistemológicas sobre el rol de la Filosofía respecto a las demás ciencias, opiniones sobre las empresas y los empresarios, los sindicatos y los sindicalistas, posturas frente a si la avenida Santa Fe debe ser doble mano o mano única. Básicamente podemos pensar distinto sobre lo irrelevante y sobre lo importante. Pero quiero afirmar y decir que mi vocación, a pesar de los abismos hermenéuticos que puedan existir entre nosotros, es que siempre quiero respetar. Las personas no nos pueden dar asco. Puede que instintiva e involuntariamente sintamos un aversión profunda por un otro frente al horror de su conducta, puede que nos cause una arcada estremecedora pensar en compartir la mesa con quien ideó los Gulag soviéticos o los campos de concentración. Puede que nos pase. No los podemos terminar de controlar. Pero nunca podemos, voluntaria, libre e intelectualmente asentir con esos sentimientos. Que la razón domine y nos recuerde que ese otro, por más espantoso que me pueda parecer, es siempre un ser humano. Si hizo algo malo, que lo juzgue la justicia. Si su único pecado es el de no ser como yo, reprimamos ese sentimiento de intolerancia al máximo, al punto de erradicarlo, de perderlo en el inconsciente y sepultarlo con una fuerza superyoica extrema. No podemos permitirnos matar al diferente ni negarlo. Ya lo intentamos y no nos fue muy bien.

La democracia es la fiesta de las ideas y del pluralismo. Es el espacio donde todos encuentran atril y le hablan a los demás.

Si lo que escribo te parece una pelotudés demasiado politically correct, criticala. De eso se trata. No le tengo miedo al disenso. No por macho, por democrático.

En última instancia, todas las afirmaciones de intolerancia, de máxima incomprensión, de ausencia de empatía, discriminatorias y violentas hablan mucho más de aquel que las pronuncia que de aquel a quien son dirigidas.

Se puede construir un espacio mejor. Se puede. Conozco cada vez más gente comprometida con ideales políticos (de diferentes espacios) que lucha por una patria más justa. Desde las diferencias podemos construir consensos que fortalezcan nuestra república. En este sentido, le hago propagando y destaco el trabajo de la Fundación RAP, que nuclea políticos de diferentes ámbitos y proveniencias y los forma, los convoca, los hace conocerse. A la corta o a la larga, a pesar de sus diferencias ideológicas, terminan presentando propuestas propias, acordando campañas sin agresión y trabajando mancomunadamente por el bien de todos.

Es que sí, si un partido busca sólo el bien de su partido, es una oligarquía. Y no justamente la del campo.

Si un partido se victimiza y usa eso como excusa para la persecución (ideológica, política, económica mediante la AFIP o social) estamos frente a un hecho grave y anti-democrático.

Estemos atentos y sepamos defendernos y decir, tajantemente, que no frente a todas las señales que manifiesten un ánimo anti-democrático y totalitario. Me preocupó escuchar que, si hubiera votado por un partido en Capital, yo, una persona, le hubiera causado asco a otra. Otros "intelectuales" me hubiesen llamado mierda o facho. Cuando en realidad el fascismo es la identificación de una parte de la sociedad o de un partido con el Estado, con el querer popular absoluto, enmarcado en un nacionalismo corporativo y en una economía controlada y dirigida. Si a eso le sumamos la manipulación mediática, nos faltaría sólo Il Duce (o no...). Estemos atentos.

Yo estoy en la mitad, aunque sospecho que somos muchos, muchos más, que ama la democracia. En esa mayoría silenciosa que a veces peca de ser demasiado sumisa frente a los exabruptos del poder. Hoy grito, no con odio, sino movido por un sentimiento de preservación que quiere cuidar la forma como vivo. Le digo que NO al autoritarismo que pretende silenciarme y menospreciarme por el gran pecado de querer pensar.

Simplemente eso. Un abrazo,

Oso

martes, 5 de julio de 2011

De bebidas, infusiones y otras yerbas

En casa decimos "tomar el te" aunque rarísima vez alguien elija esa infusión a las cinco de la tarde. Se nota que no es una costumbre muy nuestra, al menos de los Sena. Quizás si nuestro apellido hubiese sido Smith, Johnson, Brown, Davis, Poe o Miller hubiésemos honrado más ese mandato cultural que suena angloparlante. Pero no, somos los Sena. No tomamos mucho te y la verdad que, personalmente, el te "de las cinco" mucho no me dice. 

En la India tomé masala chai (en hindi, te) a lo pavote... A veces lo extraño. Es una mezcla de te assam con leche, añís estrellado, jengibre, canela, clavo, pimienta.  Tiene un gusto único y especial. Cuando hace un par de meses Pablito Brandi me hizo ese te en la casa de Rata, cerré los ojos y viajé. Estaba allá (no acá). Es increíble como ciertos olores y gustos te pueden golpear la conciencia a recuerdos. 

Estudié muchas veces con café y con Coca Cola. 

A la mañana mil veces desayuné un café con leche. Ahora "de más grande" caliento una taza entera de leche y revuelvo media cucharadita de café, una lágrima de café. En invierno me gusta mucho el submarino, será que nunca pienso perder el alma de gordo...

Sin embargo, de las muchas infusiones y preparados que conozco, la que más me gusta, por lejos, es el mate. No sólo porque es industria nacional (y popular). No sólo porque las hojas de la yerba mate surgen en las cuencas de nuestros ríos y son el fruto del trabajo de nuestro pueblo. Tampoco porque sea una infusión que nos vincula a nuestros verdaderos pueblos originarios, esos que sí habitaban nuestro suelo. Me gusta, principalmente, todo lo que implica y aprendo del rito del mate. 

Al mate hay que curarlo, como a la mayoría de las cosas lindas de la vida. La calabaza necesita su tiempo y su cuidado. No la corras. Que si la respetás, después ta da muchas alegrías. 

Caliente agua, pero que no hierva. No seamos extremistas. 

Termo listo, mate listo. 

Frenemos la pelota, todo lo bueno necesita preparación: la yerba a tres cuartos del mate, agitada "boca abajo" así el polvillo sube y no te tapa la bombilla (nada que me guste más que sacudirme las manos y oler ese aroma único al polvillo del mate a medio preparar). Acostás un poco el mate así la yerba queda a 45 grados y pones un primer chorro de agua no muy caliente. Dejalo un ratito. Otro chorrito. Ponés la bombilla, cebás un mate y arrancamos. Qué lindo...

Y la vida sigue. Pero el mate me obligó a frenar la pelota. 

El mate se convida. No es para egoístas. Te abre al otro. Muchas veces me ofrecieron "un café", pero en mi vida alguien me ofreció un sorbo de su café o de su té. No digo que sea ni mejor ni peor. Simplemente pienso en que es más "para mí", en dónde me siento más cómodo y más yo. El mate abre un vínculo y una charla. Te ayuda a romper el hielo y a bajar las defensas. Recomiendo que prueben discutir con mate. Hace más difícil enojarse, comprobado. El cuento de la gripe A hizo que anduviéramos con alcohol en gel, nos laváramos las manos tantas veces como el obsesivo Jack Nicholson en "Mejor Imposible", pero, por suerte, no logró que dejemos de convidarnos mates. Los argentinos, con todas nuestras cosas, no somos tan individualistas como a veces nos pensamos. Nos seguimos preocupando y vinculando, de las formas más diversas y hasta sin darnos cuenta, con ese que tenemos cerca. 

En muchos lugares no se puede tomar mate. Mejor tomate un té o un café. Pero mate no porque es símbolo de haraganería. Touché. Puede ser. No lo niego. Te abre a la charla, te hace frenar el ritmo. Es que hay cosas que mejor tomarse con un poco más de calma. Quizás sea cierto, pero en el fondo, las actitudes frente al trabajo dependen de uno, no de lo que uno toma. Yo trabajo mejor con mate, discutímelo si querés, pero es cierto. Conozco mejor a mis compañeros de trabajo. Relaciono conceptos e ideas en esos ratitos en los que me cebo o convido el próximo. Descanso, sí. No me agito como cuando me tomo un café, que me termine haciendo doler la panza. ¿Viste? Produzco más y mejor si me tomo esos ratitos. Al final, pienso más en mi tarea, me siento más descansado, conozco mejor a mis compañeros y me siento bien... ¿Por qué no dejás tu café y te sumás a la ronda?

Qué linda costumbre la del mate. De eso se trata la Filosofía las más de las veces, de volver a maravillarse de lo cotidiano y a resignificarlo para volver a disfrutarlo...

A vos, ¿te gusta el mate?

domingo, 3 de julio de 2011

Pampa y la vía

Hay expresiones que sirven para significar algo concreto en determinados momentos pero que, con el uso y el tiempo, engrandecen su significado para convertirse en lugares comunes.

Antes, "estar en pampa y la vía" significaba que habías ido al Hipódromo Nacional (que estaba donde hoy es la cancha de River) y habías perdido todo, tanto que se había dispuesto un tranvía corto, cuyo destino final era, justamente, la intersección de la calle Pampa y la vía del ferrocarril, donde dejaban a los jugadores desafortunados, que no tenían ni para el billete de vuelta a casa.

Porque cada vez que creo que me las aprendí todas, la vida me ubica de un sopapo. Porque cada vez que me agrando, me pego un palo fuerte. Porque mil veces me encontré y mil veces mas me voy a encontrar ahí, en Pampa y la vía: sin saber qué pensar, para dónde disparar, qué decir, cómo reaccionar, qué hacer ni qué sentir.

Porque la frase más sabia de la historia de la filosofía fue una de las primeras: "sólo sé que no sé nada" - dijo Sócrates, cinco siglos antes de que viniera Cristo, el más grande. Y la forma actual de expresar eso, la redescubro en esta expresión que hago mía, en estar en Pampa y la vía, y que sintetiza esos dos universos de los que provengo, el filosófico y el nacional.

Y como todos, en algún momento, nos encontramos ahí, abro este espacio de intercambio y de diálogo.

Cuando estás en Pampa y la vía todos los pensamientos son incorrectos e inadecuados, por eso planteo algunas claves, personales y tomadas de otros, para descubrir dialogando de qué manera nos podemos enfrentar a este desafío que es caminar por la vida tratando de ser feliz.

Invito a la participación. Para que cada uno diga lo que quiera, como quiera, como pueda, cuando quiera. Porque está demostrado que valoramos más positivamente las ideas a las que llegamos por nuestros propios medios (Sócrates era en genio...), que aquellas que otros nos inculcan: por eso abro el espacio al diálogo. Para dar a luz, juntos, alguna verdad. Y sino, para pasarla bien en el camino... 

domingo, 12 de junio de 2011

Renacer

Hay cosas que toman mucho tiempo construir y se terminan en un segundo. Qué desproporción...

Pienso en ese árbol quebrado por el rayo o en el barco que se hunde, hecho pedazos, en el mar agitado por la tormenta. Pienso en esa relación -y en la confianza-, que tanto tiempo había costado cimentar y que se rompe en ese segundo de frustración decepcionante. En ese proyecto que llevo mucho tiempo diseñar pero que nunca va a salir de su carpeta porque no hay plata ni interés en sacarlo. Pienso en ese político que quedó segundo, afuera, sin cargo, después del trabajo arduo y agobiante de la campaña. En el campeonato que se te escapa por un juez de línea que hace trampa o en los dos puntos del GMAT que te dejan del lado de los que no puede aplicar a un postgrado por el que darías la vida. Cada uno sabe dónde le aprieta su zapato. Dar todo, para nada. Hay tantos ejemplos...

Rebela porque parece que no es justo. Tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanto tiempo, tanta energía, tanta vida. ¡Qué duro!


Traducido en pregunta filosófica, quizás sea la más difícil de responder -si es que es posible desde ese ámbito-: ¿cuál es el sentido del dolor? ¿para qué sirve tamaña frustración?


No tengo respuestas definitivas. Sí sé que después de muchas idas y vueltas, de muchísimas ideas, de algunos sentimientos. Después de recordar filósofos, experiencias personales, historia nacional, la mejor respuesta que puedo esbozar, que creo que me la robo de la fe que me nutre, es: para renacer.

Porque no queda otra. Volver a empezar. Hay que seguir.

No sé si con más fuerza. No sé si es cierta la máxima nietzscheana según la cual lo que no te mata, te fortalece. A veces hay heridas que te dejan medio medio, dolorido crónico, desconfiado, herido, triste. Quizás "más curtido", pero ¿más fuerte? No sé. Quizás diferente. Te sentís cambiado. Y los cambios son para mejor o para peor. Depende de cómo los manejemos. Por eso las mismas experiencias te pueden hacer mejor o te pueden dejar maltrecho.

Por eso, ese dolor es oportunidad. Depende de cada cual hacerlo algo valioso o cargarlo como piedra y como condena. Y como suelo intentar pensar en positivo, lo veo como oportunidad de renacer.  De renacer cambiado, diferente, con experiencia, más consciente de los límites y de las posibilidades; de las fortalezas y de la debilidad.

Verlo así, no es fácil. Menos durante la tormenta.

Tenemos que educar en la frustración. Aprender a fracasar. Para volvernos a levantar, siempre, para mejor. No se trata de ser brillantes o sobresalientes porque muy pocos nacen así. Sino de volver a intentar, a probar, a esforzarme, a chocar, a caer y a levantarme. Y si no logro lo que anhelaba, al menos me conozco mejor.

La vida surge y renace en los lugares, momentos, en las personas y de las maneras menos pensadas. Creo que lo mejor es estar abiertos a esa experiencia liberadora y confiar.

El otro día caminaba por Aguero y vi esta imagen, que es de aquellas que hacen honor al refrán y valen mucho más que todo lo que yo pueda pensar y escribir al respecto. Me parece que habla sola y que no hay mucho más para decir, aunque sí para pensar. Ojalá la disfruten tanto como yo...